La destitución de José Jerí y la fractura estructural entre el Gobierno y el Congreso en el Perú
El 17 de febrero de 2026, el presidente de la República del Perú, José Jerí, dejó el cargo tras menos de cuatro meses como presidente transitorio.
En apariencia, se trató de una crisis de poder provocada por acusaciones como “reuniones privadas con los empresarios chinos” o “falta de transparencia política”. Sin embargo, si apartamos la mirada del juicio personal y la llevamos al plano institucional, esta caída se asemeja más a un espejo: lo que refleja no es el fracaso de un individuo, sino la creciente fractura estructural entre el presidencialismo peruano y el poder del Congreso.
Desde el diseño constitucional, el Perú es un país típicamente presidencialista. El presidente es simultáneamente jefe de Estado y eje del poder ejecutivo, y debería contar con estabilidad en el mandato y continuidad en las políticas públicas. No obstante, la práctica política de la última década muestra un panorama distinto: los presidentes pueden ser reemplazados con frecuencia, mientras el Congreso permanece constante.

Esto indica que el centro real del poder se está desplazando silenciosamente: la forma sigue siendo presidencialista, pero el funcionamiento se aproxima cada vez más a una lógica semiparlamentaria desestabilizada. En esta estructura, el presidente deja de ser el núcleo del ciclo político y se asemeja más a un ejecutor administrativo temporalmente confiado por el Congreso. La rápida salida de Jerí vuelve a poner en evidencia esta realidad.
El problema más profundo no reside en un escándalo concreto, sino en una psicología política acumulada a lo largo del tiempo: el Gobierno no confía en el Congreso, y el Congreso confía aún menos en el Gobierno. Esta desconfianza no es meramente emocional; se ha ido institucionalizando y normalizando. El Congreso ha acostumbrado a ejercer presión mediante investigaciones, censuras e incluso destituciones, mientras el Ejecutivo tiende a eludir al Legislativo en busca de márgenes de acción de corto plazo.

Ambas partes se perciben como riesgos a contener, no como socios con los que cooperar. Cuando la política pasa de la negociación a la defensa, el sistema entra en un estado de desgaste continuo, de baja intensidad, pero persistente. La salida de Jerí no resolvió esa desconfianza; simplemente repitió el ciclo.
Otra estructura profunda de la política peruana es la extrema fragmentación del sistema de partidos. No existen partidos grandes y estables, ni alianzas duraderas, ni comunidades políticas capaces de asumir responsabilidades de gobierno a largo plazo. En consecuencia, las mayorías congresales suelen ser ensamblajes temporales; el apoyo y la oposición pueden invertirse en muy poco tiempo, y “cambiar de presidente” resulta más fácil que “impulsar políticas”. Cuando derribar es más sencillo que construir, la política inevitablemente deriva hacia la inestabilidad recurrente. La caída de Jerí no es una excepción, sino una manifestación ordinaria de esta lógica estructural.
Con la proximidad de las elecciones, cualquier riesgo político tiende a amplificarse con rapidez. Para el Congreso, marcar distancia frente a la controversia ayuda a proyectar una imagen anticorrupción; sustituir el centro del poder permite redefinir la narrativa electoral; y el propio acto de destituir constituye ya una declaración política. Por ello, la salida de Jerí fue a la vez un acto institucional y una expresión de racionalidad electoral. Esto confirma nuevamente que, en el Perú, los cambios de poder no obedecen solo a procedimientos jurídicos, sino también al calendario político.

Al mirar la caída de Jerí desde esta perspectiva, quizá debamos trasladar la pregunta desde la responsabilidad individual hacia la estructura institucional. Lo verdaderamente pertinente no es por qué fracasó este presidente, sino por qué, dentro de este sistema, los presidentes parecen casi condenados a no completar sus mandatos. Cuando el reemplazo se vuelve la norma, la estabilidad pasa a ser la excepción. La madurez de un país nunca depende de cuántos líderes cambie, sino de poder seguir avanzando incluso sin cambiarlos.


















