Captura de Maduro: ¿fin del chavismo o inicio del caos?
La confirmación por parte de Estados Unidos de la captura de Nicolás Maduro y su traslado a Nueva York marca un punto de quiebre sin precedentes en la historia reciente de Venezuela. No se trata solo de la caída de un jefe de Estado en ejercicio, sino del colapso simbólico de un régimen que durante más de una década se sostuvo entre la represión interna, el control institucional y una narrativa de confrontación permanente con Occidente.
Las acusaciones formuladas por la fiscal general Pam Bondi —narcotráfico y terrorismo— no son nuevas en el discurso estadounidense, pero sí lo es su materialización en una acción directa de esta magnitud. Washington deja claro que ha decidido pasar del cerco diplomático y las sanciones económicas a una intervención judicial con consecuencias políticas imprevisibles. La pregunta central ya no es si el chavismo podía sostenerse, sino qué queda de Venezuela tras este golpe.

El arresto de Maduro no garantiza, por sí mismo, una transición democrática. Al contrario, abre un escenario de alta incertidumbre. El poder en Venezuela no ha residido únicamente en la figura presidencial, sino en una compleja red de lealtades militares, económicas y criminales que difícilmente se disolverán con una captura. Existe el riesgo real de un vacío de poder, de una radicalización de los sectores más duros del chavismo o incluso de una escalada de violencia interna.
Desde una perspectiva regional, el mensaje de Estados Unidos es contundente. La captura envía una señal disuasiva a otros gobiernos autoritarios del hemisferio, pero también reaviva el debate sobre los límites de la soberanía y el uso del sistema judicial como herramienta geopolítica. Para América Latina, el precedente es incómodo: ¿se trata del triunfo de la justicia internacional o de una reafirmación del poder unilateral estadounidense?

Para el pueblo venezolano, agotado tras años de crisis humanitaria, migración forzada y deterioro institucional, el momento es profundamente ambiguo. La caída de Maduro puede representar el fin de una era, pero no necesariamente el inicio de una reconstrucción. Sin liderazgo legítimo, sin instituciones sólidas y con una economía devastada, Venezuela enfrenta ahora el desafío más complejo de todos: reconstruirse sin caer nuevamente en el autoritarismo ni en la tutela externa.
La captura de Maduro no cierra la crisis venezolana. La desnuda. Y deja al descubierto una verdad incómoda: el futuro del país sigue siendo tan incierto como antes, solo que ahora sin su principal figura en el tablero.


















