Desde una protesta diplomática hasta la elección de América Latina

 Desde una protesta diplomática hasta la elección de América Latina

El 11 de febrero de 2026, la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado de Estados Unidos publicó en redes sociales una declaración señalando que el Perú podría carecer de capacidad para supervisar el puerto de Chancay, controlado por capital chino, y advirtiendo que esta situación podría erosionar la soberanía peruana. Estas afirmaciones generaron rápidamente atención en la opinión pública internacional y volvieron a colocar la competencia de influencia de las grandes potencias en América Latina bajo los reflectores.

Tras la publicación del mensaje, el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Lin Jian, respondió al día siguiente, indicando que las afirmaciones estadounidenses constituían una “difamación y desacreditación pública” del puerto de Chancay. China expresó su firme oposición y profundo descontento, y reiteró que la cooperación entre China y el Perú se basa en el respeto mutuo y el beneficio recíproco.

Casi al mismo tiempo, una fotografía aparentemente distendida comenzó a circular en internet: el embajador de Estados Unidos en el Perú y el presidente peruano sentados a la misma mesa, sosteniendo hamburguesas y acompañados de frases en tono de broma como “cambiar el menú”.
De no existir la confrontación diplomática previa, esto quizá habría sido solo un episodio social ordinario; pero cuando la hamburguesa se yuxtapone con la controversia sobre Chancay, el “menú” deja de pertenecer a la mesa y se convierte en una metáfora política.

Según datos publicados por el Ministerio de Economía y Finanzas del Perú (MEF), en 2025 las operaciones de importación y exportación a través del puerto de Chancay generaron para el fisco nacional alrededor de S/. 1.037.512.464 en aranceles e impuestos, equivalentes a aproximadamente 309 millones de dólares. Esta cifra implica que Chancay ha trascendido el significado físico de un simple puerto y comienza a constituirse en un nodo capaz de reconfigurar la estructura comercial del Pacífico.

En una ocasión conversé con un político peruano sobre la conexión vial de Chancay con el resto del país. Medio en broma me dijo: “Pensábamos que la infraestructura tomaría diez años, y ustedes la terminaron en tres; todavía no habíamos reaccionado”.
En ese momento me pareció una ironía nacida de la impotencia ante la realidad; hoy, al mirarlo de nuevo, ese retraso quizá también refleje la influencia de fuerzas externas en el ritmo nacional.

Las críticas en torno a Chancay se concentran, en esencia, en tres aspectos: seguridad, soberanía y riesgo de dependencia.

Primero, la seguridad. Algunas voces imaginan el puerto como un posible “puerto militar”, una suposición carente de base real. Hasta ahora no existe evidencia creíble de uso militar, y el Perú cuenta con un sistema completo de seguridad y supervisión estatal. Equiparar directamente un puerto comercial con una instalación militar pertenece más al imaginario geopolítico que al juicio basado en hechos.

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Segundo, la soberanía. La inversión acumulada de empresas chinas en el Perú ya asciende a varias decenas de miles de millones de dólares. Chancay, como otros proyectos de capital extranjero, es esencialmente una inversión comercial sujeta al marco legal y regulatorio peruano. En un sistema multipartidista con un Congreso que ejerce contrapesos claros, cualquier arreglo al margen de la ley difícilmente podría prosperar.

Tercero, el llamado “riesgo de dependencia”. En 2024, el comercio bilateral entre China y el Perú alcanzó aproximadamente 39.760 millones de dólares. Las exportaciones peruanas hacia China sumaron alrededor de 25.225 millones, mientras que las importaciones desde China fueron de 14.534 millones, generando para el Perú un superávit cercano a 10.690 millones de dólares.
En una estructura comercial claramente beneficiosa para el Perú, equiparar cooperación con dependencia no se ajusta a la realidad económica.

Por ello, más que las disputas externas, lo que merece atención es la lógica de elección propia de América Latina. Como suelen decir muchos políticos peruanos con sencillez:

No poner todos los huevos en la misma canasta.

Para el Perú, la vía verdaderamente racional nunca ha sido inclinarse hacia un solo lado, sino ampliar su propio espacio en medio de la competencia entre grandes potencias.

Lo que decide el destino de una nación no es cuál parte resulta más confiable,
sino su propia capacidad institucional, firmeza estratégica y paciencia histórica.

El futuro del Perú será moldeado por una nueva generación de élites jóvenes que amen a su país y confíen en él.
Solo cuando una nación posea la capacidad de elegir su propio mañana,
el diálogo con las potencias podrá sostenerse verdaderamente en condiciones de igualdad.

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Chengzun Pan

Chengzun Pan

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