¿Por qué el gobierno y la sociedad peruana mantienen reservas frente a la inversión china?

En el Perú actual, China ya no es una economía lejana, sino una presencia real que participa ampliamente en los asuntos del desarrollo nacional. Desde 2013, China se ha convertido en el principal socio comercial del Perú y, a través de empresas como COSCO Shipping, China Railway Construction Corporation, CNPC y Huawei, se ha involucrado profundamente en sectores estratégicos como infraestructura, energía, telecomunicaciones y transporte. En casi todos los grandes proyectos de inversión pública pueden encontrarse huellas de empresas chinas.
Sin embargo, persiste un fenómeno desconcertante: a pesar de los beneficios económicos tangibles que ha traído la cooperación sino-peruana, las dudas y la inquietud hacia China no han disminuido. Ya sea en redes sociales, en conversaciones cotidianas, o en los círculos académicos y políticos, China sigue siendo vista con recelo. Aunque se le reconoce como una fuerza clave para el crecimiento económico del país, en el plano del reconocimiento político y emocional le resulta difícil ganarse una confianza amplia. Las raíces de esta brecha profunda van mucho más allá del ámbito económico.
En primer lugar, existe un obstáculo cognitivo derivado de la distancia cultural. Para muchos peruanos, China sigue siendo un “otro” lejano y difícil de comprender. Aunque desde mediados del siglo XIX una gran cantidad de inmigrantes chinos se establecieron en el Perú y se integraron progresivamente en la sociedad local, la percepción popular sobre China, su cultura y su gente permanece anclada en estereotipos como “restaurantes” o “bodegas”. Por ello, cuando este grupo considerado durante mucho tiempo como un “extranjero silencioso” irrumpe con fuerza en sectores estratégicos como la minería, la energía o las telecomunicaciones —auténticas arterias del Estado—, comienzan a surgir de forma casi inevitable sentimientos de inquietud y rechazo en la sociedad.
En segundo lugar, la profunda influencia del discurso occidental ha desempeñado un papel dominante en la construcción de la imagen de China. Durante largo tiempo, los medios de comunicación y el ámbito académico peruanos han dependido de fuentes de información y marcos de valores provenientes de Estados Unidos y de Occidente. Dentro de esta narrativa, China suele ser presentada como una potencia autoritaria, con un fuerte afán de control y ambiciones expansionistas, una “fuerza no democrática”. En consecuencia, la inversión china es interpretada con frecuencia como infiltración política, captura estratégica o incluso como “exportación ideológica”. Algunos medios influidos por el capital occidental amplifican de manera constante este tipo de relatos. En un entorno informativo carente de voces diversas, la percepción pública de China se va solidificando en una mezcla de desconfianza y resistencia.
Un obstáculo aún más profundo proviene de los prejuicios raciales latentes en la estructura psicológica de la sociedad. Aunque rara vez se expresan abiertamente en el discurso público, los grupos asiáticos han sido percibidos históricamente como “extraños” dentro de la sociedad peruana. Incluso después de más de 170 años de presencia china en el país, los descendientes chinos siguen siendo considerados, en muchos casos, como “foráneos”. Las jerarquías culturales heredadas de la época colonial hacen que algunas personas sigan asociando a la población blanca con la “civilización superior”, mientras que frente a las potencias no occidentales emergentes, como China, experimentan una distancia emocional y una incomodidad difícil de disimular. Esta contradicción entre una aceptación racional y un rechazo emocional constituye precisamente una de las barreras psicológicas más difíciles de superar en la relación actual del Perú con China.
En el lenguaje cotidiano, el término paisano suele traducirse oficialmente como “compatriota” o “coterráneo”, pero en la sensibilidad lingüística peruana con frecuencia conlleva una connotación implícita de “campesino” o de bajo nivel cultural. Cuando aquellos que antes podían ser menospreciados o ignorados pasan repentinamente a convertirse en actores con capital y capacidad de influir en la asignación de recursos nacionales, resulta comprensible que surja una dificultad emocional para asimilar ese cambio, e incluso una actitud hostil.
En este contexto, proliferan diversas interpretaciones erróneas y rumores relacionados con China: “los chinos están comprando todo el país”, “controlan nuestros puertos y minas”, “las empresas chinas obedecen directamente a Pekín”… Este tipo de afirmaciones se difunden ampliamente en las redes sociales y tienen un impacto significativo. Sin embargo, la mayoría de la población desconoce el contenido real de los acuerdos de inversión, los mecanismos de supervisión del capital extranjero o los límites de la soberanía nacional. En un entorno marcado por la escasez de información, los rumores suelen viajar más rápido que la verdad, y el miedo termina imponiéndose con mayor facilidad que la razón.

Tampoco puede ignorarse la ansiedad geopolítica derivada del actual contexto internacional. Ante la intensificación de la confrontación entre China y Estados Unidos, algunos sectores políticos y de opinión pública en el Perú temen que un acercamiento excesivo a China pueda provocar el descontento de Estados Unidos, e incluso sanciones, poniendo en riesgo la posición internacional del país. Esta ansiedad por “tener que elegir bando” lleva a muchas personas a considerar instintivamente a China como una amenaza potencial, sin un análisis cuidadoso. Aunque China no ha mostrado ninguna hostilidad hacia el Perú, esta forma de malentendido estructural sigue siendo difícil de disipar.
En última instancia, el problema no radica en China en sí, sino en que la sociedad peruana aún no ha construido una visión de China madura, racional y autónoma. Mientras el conocimiento sobre el mundo exterior siga dependiendo en gran medida de narrativas ajenas, y mientras el debate público carezca de una perspectiva internacional propia y de capacidad de juicio estratégico, un país corre el riesgo de quedar fácilmente dominado por discursos externos y de desarrollar temor y rechazo frente a lo desconocido.
China no necesita ser idealizada, pero tampoco demonizada. Una sociedad responsable debería esforzarse por romper estereotipos, ampliar el conocimiento plural y construir una capacidad de juicio internacional más clara e independiente. Es necesario promover el conocimiento de China a través de visitas de campo, educación cívica, intercambios culturales y diálogos mediáticos, para comprender de manera más directa el funcionamiento real del país, su estructura social y la vida de su población. Tanto funcionarios públicos como líderes empresariales y representantes juveniles deberían tener la oportunidad de conocer China de primera mano, en lugar de depender únicamente de las “interpretaciones” de terceros.
Para liberarse de una visión pasiva del mundo, el Perú necesita ciudadanos con criterio propio, y aún más, líderes que no se dejen arrastrar por la corriente y que sitúen el interés nacional por encima de todo. Solo así el país podrá encontrar su lugar en el futuro orden internacional y vislumbrar un horizonte nacional más lúcido y autónomo.

















