Lima y su irracionalidad en movilidad: por qué insistimos en el transporte privado pese al caos urbano
A primera vista, la ciudad parece girar siempre alrededor del automóvil. Mariana Alegre, directora del observatorio Lima Cómo Vamos, nos deja un mensaje claro: “El objetivo de una ciudad siempre debe ser desincentivar el uso del transporte privado”, afirma la especialista, señalando que las soluciones que privilegian más pistas o viaductos no resuelven el problema de fondo de la movilidad urbana. Sin embargo, en Lima el automatismo por el que muchos ciudadanos optan por el auto particular parece no detenerse pese a que los costos individuales y colectivos son cada vez más evidentes.
Una paradoja urbana: congestionados pero fieles al carro
Los datos sobre movilidad urbana pintan un cuadro contradictorio: en Lima no hay modelos consolidados de transporte masivo integrados que satisfagan la demanda, y aun así muchos prefieren el automóvil privado como primera opción para viajar. Según informes urbanos, la capital peruana se ha ubicado entre las peores del mundo en movilidad y transporte, con congestión persistente y tiempos de viaje que caen a velocidades mínimas en hora punta.
Es un fenómeno que se repite en diversas regiones del mundo: la preferencia por el automóvil privado no siempre se basa en eficiencia real de transporte, sino en percepciones de confort, seguridad o falta de confianza hacia el sistema público. Pero en el caso de Lima esta elección se vuelve irracional desde la perspectiva de la eficiencia urbana: más autos significan más congestión, tiempos de viaje más largos y menos espacio público disponible para todos.

Transporte público deficiente, pero mayoritario y necesario
Las encuestas de percepción ciudadana evidencian que la mayoría de limeños sigue utilizando medios públicos para movilizarse —como buses, combis y otros colectivos informales— aunque con altos niveles de insatisfacción sobre la calidad del servicio. En la última medición de Lima Cómo Vamos, más del 60 % de los encuestados expresó descontento con el transporte público, y solo un porcentaje reducido aprueba la calidad actual del servicio.
Además, datos corroborados por el observatorio muestran que muchos limeños continúan usando el transporte colectivo para llegar a sus destinos, sobre todo en viajes por trabajo y estudio, mientras solo una fracción menor utiliza vehículos privados. Sin embargo, la percepción de que el transporte público es incómodo, lento o inseguro empuja a una fracción crítica de ciudadanos hacia el automóvil particular, aun cuando esto no alivie la congestión general.
Más pistas no es igual a mejor movilidad
La ciudad ha respondido tradicionalmente con soluciones de infraestructura enfocadas en agrandar la capacidad para los autos. Mariana Alegre critica que estas respuestas son simplistas: “la fluidez no puede ser exclusiva para quienes manejan auto privado”. En otras palabras, más pistas no significan mejor movilidad si no se acompañan de políticas de transporte integradas y sostenibles.

Este enfoque simplista se refleja en decisiones como la proliferación de viaductos o ampliaciones de calles principales sin considerar una visión estratégica que priorice sistemas masivos, modos de transporte no motorizados y la integración de rutas. Esa visión fragmentada de la infraestructura urbana es, precisamente, parte de la razón por la cual Lima sigue entre las ciudades peor posicionadas en indicadores globales de movilidad.
El impacto social de un sistema disfuncional
La irracionalidad de persistir en sistemas urbanos que fomentan el transporte privado tiene consecuencias claras: pérdida de productividad, estrés crónico para los ciudadanos, afectación a la calidad de vida y un impacto económico cuantificable. Estudios recientes han señalado que la congestión vehicular en Lima cuesta miles de millones de soles al año debido a tiempos de viaje extendidos, consumos de combustible y estrés en las infraestructuras.

Además, la falta de un sistema integrado de transporte también afecta la equidad social: quien no puede acceder a un auto privado muchas veces queda relegado a modos informales o ineficientes de transporte, con viajes largos, múltiples transbordos, horarios impredecibles e inseguridad. Esto se traduce en menores oportunidades laborales y menor acceso a servicios básicos.
Reequilibrar prioridades
La movilidad urbana en Lima enfrenta una paradoja: una mayoría depende del transporte colectivo, pero la percepción de su mala calidad y falta de soluciones integradas empuja a muchos hacia opciones privadas que solo empeoran la congestión. La insistencia en soluciones tradicionales de infraestructura —como más pistas y viaductos— refleja una visión fragmentada y poco ambiciosa, que no aborda las causas estructurales del problema.

La irracionalidad del ciudadano que opta por el auto privado no es simplemente una elección individual: es el resultado —en parte— de políticas públicas que no han logrado construir confianza en alternativas de movilidad sostenibles ni ofrecer un sistema público competitivo en tiempo, seguridad y comodidad frente al automóvil particular. Sin cambios profundos en planificación urbana, inversión en transporte masivo e incentivos claros para desincentivar el uso del auto privado —como propone Mariana Alegre— la ciudad seguirá atrapada en un ciclo donde cada solución genera más problemas.

















